|
Hay gente tan inocente e ingenua que cree que los grandes sueños y los lindos anhelos nunca se hacen realidad en este mundo duro, gris y cruel.
Olvidan que no se logra lo que no se lucha, y no se lucha lo que no se desea, y no se desea lo que no se sueña.
Por querer ser muy lógicos, olvidamos esta lógica tan básica y fundamental.
Y olvidamos que peor que perder nuestro tiempo luchando, es perderlo sin luchar.
Y que, peor que sufrir un corazón roto amando, es sufrir igual, teniéndolo intacto.
Y que es mejor tener en la vida, más de una culpa pecaminosa, que una virtud estéril dentro de una vida larga y sosa; la dureza detrás del miedo.
Hace falta más coraje y fortaleza para entregar el corazón cuando aparece el fantasma del amor en un giro de una conversación, que para entregar solo el cuerpo en una tarde de deliciosa pasión.
Pues cualquier desencuentro vivido con una persona equivocada, en un episodio de entrega en la cama, tiende con los años a hacerse pequeño, a hacerse nada.
Pero el recuerdo de haberle huido al amor, en aquel momento clave, con la persona amada, tiende a crecer con los años, y se vuelve así como si nada, el fantasma que en la vejez nos quitara el sueño y la sonrisa de la cara.
|